miércoles, abril 09, 2008

En el marco conmemorativo del 9 de abril -repetido inquebrantablemente todos los años- dejo con ustedes dos textos bien añejines y que alguna vez publiqué en unas revistas. El primero es de hace al menos 2 años y el segundo es de por lo menos 3 o 4 años. Pero bueno, rock on!

Anathema



El médico renacentista Marcilio Ficino recomendaba a sus amigos melancólicos, junto con el seguimiento de estrictas dietas, anteponer al pensamiento los compases del laúd. La música como medio de sanación de tristezas y del decaimiento producido por el estudio de las altas materias, siempre pareció razonable por la alegría y el goce que propinaban al espíritu. Pero cómo podía imaginar nuestro amigo Ficino que algún día la música abandonaría el concepto clásico de armonía, que se elaboraría a partir de máquinas y medios de amplificación, que se podría grabar y conservar en aparatos tan delgados como un cd o tan abstractos como el formato mp3, venciendo de esa manera al tiempo…y más aún qué pensaría de aquella gente que gozaría en reconocer sus tristezas en la música, y gastara su dinero en revivir los estados de animo que llevan a la tan dulce y cruel melancolía.



Es extraño pensar en la evolución del rock. Desde las primeras bandas de blues hasta el último idiota que grito al levantarse por la mañana “¡Viva el rock & roll!”, queda un vacío inmenso y más aún una evolución aceleradísima de un género musical netamente popular. Y no sería nada sin Bach, ni Beethoven, ni Wagner, ni Stravinsky, como al mismo tiempo luego de los Beatles ni el jazz ni lo que hoy llamamos “música docta” volverían a ser lo mismo. Desde que el rock se dio cuenta de que era rock, la historia de la música dio un paso adelante en cuanto a la experimentación más estridente que haya presenciado el ser humano fuera de los laboratorios científicos. Y de ahí hasta hoy tenemos a nuestros nuevos clásicos The Who, Led Zeppelín, Pink Floyd, Jimmi Hendrix, Deep Purple, Queen, hasta nuestra creación más morbosa llamada Radiohead.



Derive a lo que derive el rock jamás se negó a relacionarse con otras artes. Se podría decir que es nuestro paradigma de la promiscuidad. Dio para la ciencia ficción hasta para maldecir los collares de la Reina de Inglaterra, desde el fútbol hasta “Nena yo te amo”, a la poesía más alta gracias a un Bob Dylan, un Leonard Cohen, un Tom Waits o un Spinetta y quién madre se nos haya cruzado para decirnos que finalmente la vida no era sólo rock & roll, que la única verdad que poseemos es la muerte y que hay otros fuera de nosotros que también desean amor y sienten tan carnalmente el dolor.



Sin el rock jamás hubiéramos tenido el privilegio de ver a un John Lennon cubierto por sábanas blancas, acompañado de un extraño humanoide de caracteres orientales, diciéndole al mundo “Haz el amor y no la guerra” o “La guerra terminó si tú lo deseas”; ni hubiéramos visto al extrovertido maniquí de Andy Warhol pintando a Jagger, o a un Jim Morrison en pleno show de Ed Sullivan arremetiendo contra toda la moral puritana norteamericana; ni a los Sex Pistols gritándole a la monarquía “¡Anarquía!”, ni a Ozzy arrancándole la cabeza a una paloma, ni menos a un frenético Allen Ginsberg recitando sus poemas con Sonic Youth de fondo. Finalmente sin rock no hubiéramos tenido un movimiento de contracultura tan popular (y ahí radica su contradicción) y esas ganas tan adolescentes de mostrar la piel y revelarse contra el crucifijo de los padres o al menos contra sus zapatos lustrados junto al velador.



Pero al mismo tiempo no hubiéramos podido experimentar la estridencia de las emociones de forma tan desaforada, rayando lo irracional, dando en la nota misma del alma con sólo cuatro adolescentes tardíos sobre un escenario. Que una guitarra, un bajo, una batería y una voz –y agreguémosle un teclado- nos vinieran a hablar sin grandilocuencia, sin mayor utopía de la realidad misma, de esa palabra tan incómoda para los suicidas: la vida. Y obviamente el rock maduró, al menos una parte de él; dejó por un momento de sacudir las melenas y ocupó la cabeza para pensar, se dejó de los alaridos para sentarse frente al escritorio, y dejó el mercadeo para hacer arte. Si buscamos una banda que cumpla estos requisitos de madurez, aunque no totalmente conquistados, podríamos señalar sin mayores problemas a una pequeña agrupación de treintañeros de Liverpool llamada Anathema.



Anathema más allá de ser una palabra típica de los crucigramas dominicales, adquirió un nuevo sentido a partir de la evolución más que comentada que ha sufrido esta banda en su estilo musical. Son ingleses pero no son Radiohead –aunque a ratos quieran serlo-, ni Coldplay ni aún menos Oasis, ni tampoco tan lelos como Porcupine Tree ni una copia barata de los escoceses de Mogwai. Mucho menos son las sobras de Paradise Lost o My Dynig Bride ni siquiera un resquicio ilegal para imitar a Pink Floyd. Anathema es Anathema como los girasoles son girasoles, y es quizás ella un ejemplo tangible de lo que significa una maduración tanto musical como conceptual, como también de una cierta consecuencia y abolición de los prejuicios que tanto abundan hoy en las sociedades especializadas. Cometemos el error de catalogar cada hecho en carpetas, de identificarlo, de comprobar su rentabilidad y rankearlo y sacarlo al mundo desde esa chapita en la camisa.



Variando desde el death metal a un sonido que roza el post-rock y la música acústica, estos ingleses se han forjado disco a disco, con un pequeño grupo de seguidores de todas las especies, y logrado conmover con su sonido y sus letras en ambos lados del Atlántico. Estar en uno de sus conciertos –como muchos tuvimos recientemente la posibilidad- es casi no oírlos ante esa fascinación que produce su arte en oídos que no pueden ceder sino a la naturalidad y transparencia de su música. En literatura se dice que un poeta es tal cuando al menos tiene unos quince grandes poemas; aunque Anathema no haya superado ampliamente la barrera, nadie puede quedar indemne ante una canción como “A Natural Disaster” o “One last goodbye”.



Personalmente como adepto a su obra, creo que lo más intenso de Anathema es respirar esa tristeza en la que se despliegan muchas de sus canciones y sentir inmediatamente el deleite ante el reconocimiento en notas y palabras, y más aún, el goce mismo de saberse en la existencia, de mantenerse pese a todo y de saber que todavía no hemos sido vencidos, que no todo termina en el dolor. Que a pesar de que muchos se han despedido de nosotros seguimos en pie, y que tenemos alguien que nos muestre la belleza de esas pérdidas en fragmentos delicados de música. Como decía el nobel francés Albert Camus –sin dejar de tropezarse en un lugar común- la misión principal del arte es unir a los hombres.



Pocas bandas han indagado tan profundamente en los matices de la ausencia, la pérdida, el tiempo, los recuerdos, la ira, el infinito y la nada que somos. Un disco como Judgement es el abismo de una despedida, desde el ahondamiento en “Deep” hasta ese cuasi-terror instrumental ante el futuro tan bien titulado como “2000 & Gone”. Como decía el escritor italiano Claudio Magris, nada grafica tan bien el dolor por la pérdida de alguien como la evidencia de que el mundo continua su ritmo, sin nosotros; y eso es perfectamente a lo que atañe su sonido acústico, como compuesto en el borde de una cama o luego de una dosis exagerada de whisky arrojado horizontalmente sobre una alfombra. Así como Eternity comienza con la pregunta por ese otro, un ser angelical, que ha desaparecido en la profundidad de la noche, hasta concluir que ante el manto de estrellas el hombre es simplemente un momento en la eternidad, un estornudo de Dios. Y no es que Anathema nos aterrice directamente en esos problemas, no hacen ni filosofía ni literatura ni música para la academia, es sólo un grupo seres humanos que humildemente, como debiera ser todo artista, comparece ante la realidad, ante la mirada deshabitada de los días, y nos desnuda las palabras en la soledad de las horas.



Jamás lamentaremos haber escuchado “Release”, “Fragile Dreams”, “Eternity part. III”, “Forgotten Hopes” o “Flying”, ni mucho menos observar un atardecer con “Temporary Peace” en los oídos y en las pupilas. Finalmente el soundtrack que nos ofrece Anathema para nuestros días es tan variado, tan profundo y modesto que transfigura o sentencia esos momentos en que nos abismamos al silencioso enigma de la vida o cuando simplemente deseamos botar de una vez por todas el pasado que nos acongoja y angustia, marcar en el calendario aquel buen día para salir. Ya sea que los escuchemos en su faceta más rockera o en un pequeño bar europeo en una sesión acústica, sus canciones mantienen su intensidad primera, su potencial emocional y un vigor único que hace de esa experiencia algo familiar, cálida, donde las personas se miren y se sientan parte de una misma energía. Y es quizás por esto que han logrado superar a gran parte de sus influencias, y también es por esto que quizás siempre sean una banda para público reducido, una invitación, una reunión de dolientes agradecidos, de cómplices encubiertos de la vida.
















A NATURAL DISASTER






Gracias a unos considerados fans franceses, me fue posible conseguir el promo de lo que será el nuevo trabajo de estos rockeros ingleses. Durante varios días comencé a recibir distintas opiniones del disco, de lugares tan lejanos como Polonia, Grecia, Francia y México. La expectación era demasiada, su álbum anterior "A fine day to exit" había dejado la vara muy alta, Anathema entonces se veía enfrentado a un destino que les es común: superarse y sorprender a su público.



Como fanático y más aún como Anathema-dependiente, sólo me quedaba tranquilizarme y dejar que progresaran las tasas de transferencia de los archivos. Sabía que me hallaría ante algo completamente diferente y así lo ha sido siempre, porque desde su debut en el círculo metalero inglés con su demo "An Iliad of Woes" (1990), que fijó junto con bandas como My Dying Bride y Paradise Lost la senda del Doom Metal (Metal melancólico y depresivo), hasta su evolución más roquera y acústica, Anathema siempre ha sido una constante evolución, pero que de todas formas mantiene su esencia. Ya con siete discos a cuestas y miles de fans, todo este periodo se ha convertido en una maduración, un contacto cada vez más fiel con los sentimientos y sin duda una experiencia única para el alma.



Hasta que llegó el momento de la verdad. Hice dos clicks y comenzó otro nuevo viaje interno. Harmonium fue el primer track, con un comienzo con teclados suaves, efectos de guitarra y posteriormente la suave voz de Vincent Cavanagh. Bases electrónicas de fondo presagiaban un comienzo espectacular, que fue seguido por la entrada de guitarras más pesadas y la batería con un ritmo lento. Un tema cargado de melancolía e insistentes gritos de libertad, eso si técnicamente algo apagado. Balance sin duda me hizo venir a la mente los últimos trabajos de Radiohead. Una canción llena de emotividad, de avance progresivo, que nos guía por la letra hacia un verdadero destape sónico. En gloria y majestad toda la esencia de Anathema se hacía presente con un John Douglas con un ritmo cada vez más cargado, la guitarra de Danny agudizándose como si fuera un choque inminente... y de la nada, todo termina.



El tema que viene a continuación en un principio no me dio mucha confianza, suena muy robótico y con teclados, me arriesgo a decirlo, muy a lo Enya. Había tenido un primer acercamiento con Closer cuando me enviaron un video grabado en la sala de ensayo, pero nada presagiaba lo que sería. De a poco, como la velocidad y forma del tema, me fui adueñando de cada sonido. Todo daba la idea de algo más tirado a trip-hop y la verdad no equivoqué tanto cuando hace aparición una guitarra bien a lo Pj-harvey. De improviso todo se torna en una verdadera tormenta, un desastre natural, gritos de desesperación, efectos de guitarra como vientos huracanados, la batería más rápida y... como en el inicio se mantiene un piano calmado, como si jamás hubiera ocurrido algo. Are you there? Ya era una vieja conocida para mí, puesto que en la página oficial de la banda la habían subido para que los fans se dieran cuenta de lo que venía (sin mentir el día en que apareció la escuche 32 veces). Una canción preciosa, cargada de sentimientos, que sin duda alguna se convertirá en uno de los tantos clásicos de la banda como "One last goodbye", "Temporary peace", "Angelica" o "Make it right". Es un constante cuestionamiento en la voz de Danny Cavanagh, el guitarrista, acompañado de una batería lenta, voces femeninas y sonidos de guitarra sonando como gaviotas. Proyecta sin defecto alguno la imagen de la portada del álbum: un bote con un pescador en su interior, en medio de un lago seco. Seguida a esta obra maestra se enciende como una antorcha el instrumental Chilhood Dream, con una hermosa guitarra que más bien parece un arpa dulce y delicada. Las voces de niños jugando y corriendo, traen en seguida visiones de nuestra propia niñez, y más aún, de un futuro feliz compartiendo con una familia propia.



Rompiendo la calma con un bajo salvaje por parte de Jamie, Pulled Under at 2000 meters a second se alza brutal, rápida y descontrolada. Más fuerte aún que "Panic" del A fine Day to Exit o que "Judgement" o "Lost Control". La banda de los hermanos Cavanagh a toda velocidad, como un tren bala sin destino, lanzando gritos insanos y susurros enclaustrados.



Creo, y no sólo yo, sino que también muchos fans apoyan esto, que de aquí en adelante el disco cambia radicalmente, no en el sentido musical, sino que en contenido de las canciones: las tres más hermosas obras del disco y un instrumental digno de Anathema. Todo comienza con una canción que me hizo brotar lágrimas, mi favorita hasta el momento, que de sólo nombrarla me emociona. A Natural Disaster, que lleva el nombre del disco, nos transporta a las experiencias más personales de la banda en la voz de Lee Douglas, la hermana del baterista, quien en cada palabra nos saca de lo cotidiano y nos hace olvidar cualquier premura que tengamos. Su voz siempre nos a llevado a experiencias inéditas, como en "Parissiene Moonlight" o en "Barriers", pero aquí nos entrega toda su virtuosidad para una melancólica canción invernal, en que nos imaginamos frente a una ventana un día lluvioso esperando a alguien que jamás volverá o lamentándonos por sucesos que no podemos revertir. "No importa lo que diga, no importa lo que haga, no puedo cambiar lo que pasó."



Flying comienza como una cascada de flash-backs, una guitarra acústica y la sentimental voz de Vincent. "Feels like I flying above you, dream that i'm dying to find the truth" es el verso que nos destroza de principio, que nos lleva a una de la canciones más deprimentes del disco, emotividad en cada nota, hasta encaminarse en un solo de guitarra feroz, como olas chocando en las rocas en plena tormenta, escondiéndose de a poco hasta apagarse.
"Seems like you never really knew me, seems like you never understood me, seems like you never really knew how to feel", son las palabras iniciales de este poema acompañado de un suave piano: Electricity. Lo primero que se me vino a la mente era a Danny sentado frente a un piano en un bar de mala muerte, iluminado por una suave luz que hacía brillar sus rojos cabellos y que su único espectador, sin contar a los borrachos que duermen frente a sus botellas, es una cantinera rubia, descuidada y que por primera vez se da cuenta de los errores cometidos en su vida. Impactante.



Para finalizar 55 minutos de intensidad, el instrumental Violence puede resumir completamente toda la historia musical de Anathema, su escencia y todo el candor y fidelidad que siente cualquier persona que los escucha, que aunque seamos pocos, todos sabemos lo que es esta banda significa para nosotros, la banda que para algunos superó todas los prejuicios de la escena metalera y con la cual hemos ido madurando de la mano, disco a disco. Violence pasa de un pacífico piano a un intenso caos rockero, con una bateria perfecta, para morir felíz, como todo album de la banda, entregándonos la paz para poder seguir viviendo luego de escucharlos.Y como dije anteriormente, Anathema es una experiencia para el alma, una banda que entrega demasiado, con la que podemos contar en los malos y buenos momentos, para escucharla con los amigos tomando unos tragos y viendo las estrellas o encerrados en nosotros mismos, una banda que se transforma en religión para cualquier seguidor: el grito desgarrador de la melancolía y la belleza.

viernes, abril 04, 2008

La poesía y los poetas






Ralph Waldo Emerson - Alma Suprema (PDF)


T.S. Eliot - Tradición y talento individual (PDF)


Marianne Moore - Algunas respuestas a las preguntas de Howard Nemerov (PDF)


John Berryman - Cambios (PDF)


Gregory Corso - Algo acerca de mis comienzos... y lo que siento ahora (PDF)


Andrew Motion - A Fanfare for the common man (DOC)


Billy Collins - Is that a poem? The case for e.e. cummings (DOC)


John Banville - Homage to Philip Larkin (DOC)


Robert Creeley - Thinking of cummings (DOC)


Al Alvarez - Ted, Sylvia and Me (DOC)


miércoles, marzo 26, 2008

Dos notas piensan en una escala





Lambchop
Paperback Bible (MP3)


Isobel Campbell & Mark Lanegan
Come on Over (Turn me on) (MP3)


Andrew Bird
Sic of Elephants (MP3)


José Gonzalez
Remain (MP3)


La fuente curativa

SEAMUS HEANEY
La fuente curativa




¿Para qué sirve la poesía? Desde la apología que de ella hiciera Sir Philip Sidney y la defensa de Shelley, han surgido muchas otras respuestas. Una de las más convincentes es la de W. H. Auden en su poema titulado "En memoria de W. B. Yeats", escrito entre la muerte de Yeats, en enero de 1939, y la invasión de Polonia perpetrada por Alemania más adelante ese mismo año, que condujo al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sus versos finales son una suerte de plegaria a la sombra del poeta muerto, pidiéndole que asegure la continuidad de la poesía en sí misma y que garantice su constante virtud de transformación: "Que al corazón y a todos sus desiertos/ La fuente curativa pueda abrazar. / Y que en la celda misma de sus tiempos / Al hombre libre se le enseñe a alabar."

Sería difícil no leer estos versos como algo más que una elegía. No es solamente una mirada retrospectiva lo que los hace resonar como un guante arrojado al rostro de la historia: se trata de la voz del espíritu acorralado y oponiendo resistencia. Antes incluso de que el siglo veinte alcanzara la mitad de su recorrido, había suficientes acontecimientos para que los poetas y la poesía se sintieran abrumados, desde las guerras de trinchera hasta el ascenso del nazismo, y aun así las estrofas de Auden suenan intrépidas. Existe un impulso definido, carente de disculpas en los versos, enfáticamente rimado y confiadamente métrico, lo cual significa que el poema fluye con una fuerza indomable, mitad grito de guerra, mitad lamento.

Un grito de guerra que celebra a la poesía porque se halla del lado de la vida, de la continuidad del esfuerzo y de la amplitud del espíritu. Ciertamente, el efecto de la conclusión de Auden resulta tan poderoso que lo hace contradecir algo que él mismo dice un poco antes en el poema, en un verso que es, tal vez, el más citado y con mayor frecuencia malentendido: "Pues la poesía no hace que ocurra nada."

Esto también encarna una especie de desafío, pero del tipo que constantemente se malentiende. La aseveración, en un principio, parece reconocer que la poesía de alguna manera se queda corta, falla en cuanto a su función: claro que eso sólo resultaría cabal si la función de la poesía fuera, ciertamente, hacer que ocurriera algo además de su propia existencia. Auden, de hecho, no reconoce ninguna de estas dos cosas; su verso surge en un pasaje donde no hay la menor sugerencia de que la poesía, tomada simplemente como lo que es, sea nada menos que una necesidad de vida.

La paradoja radica, pues, en que justo cuando Auden componía su famoso verso, había poetas que agitaban el sistema en otras regiones de regímenes totalitarios del mundo, y no por medio de escritos propagandísticos, sino al no abandonar las fascinantes y concentradas disciplinas de la escritura lírica.

Fueron, por ejemplo, los poetas rusos que ponían manos a la obra en lo que Auden llamaba "los ranchos del aislamiento y las penas trabajadoras", quienes se hallaban entre los causantes de la más profunda ansiedad política detrás de los muros del Kremlin.

La década de los años treinta sufrió la más oscura represión stalinista en la Unión Soviética, periodo en el cual poetas y escritores se veían silenciados no sólo por el censor, sino también por el verdugo. En 1937, pongamos por caso, la poesía de Osip Mandelstam tenía ya muchos años de no publicarse: él vivía desterrado, lejos de Moscú, temiendo por su vida y al mismo tiempo viviendo para que su poesía sobreviviera y permaneciera para siempre como lo que Auden llamaba "una boca".

A principios de esa década, había vuelto a escribir una especie de poesía lírica que, cual desafío, estaba a tono con las leyes de su propia naturaleza artística, y esto quería decir que se hallaba fatalmente fuera de tono respecto de las leyes artísticas de la tierra en la Unión Soviética.

Dado que entendía los derechos y las libertades de la poesía lírica como equivalentes de los derechos y las libertades fundamentales del ser humano negados por el Estado, la vocación de Mandelstam como poeta se volvió la expresión de un humanismo profundamente comprometido y de profunda oposición. Era como si hubiera prestado juramento para encarnar una suerte de Antígona de la imaginación, para obedecer las leyes de su musa más que las leyes de sus maestros. Para él, "la inmutabilidad del habla articulada" era de una importancia estremecedora. En un poema llega incluso a declarar que un poeta fulminado por un verso es como la tierra fulminada por un meteoro; a partir de esa imagen se pueden proyectar tanto la planta como el alzado de su poética y de su filosofía.

Según el pensamiento de Mandelstam, no se podía fijar un sitio para la doctrina de la necesidad histórica, que a fin de cuentas quedaba reducida a la línea ideológica de partido que los poetas debían promover y a la que se debían suscribir. En cuanto a lo que a él concierne, el logro creativo en el arte y en la vida implica el pasar por alto la necesidad, la diestra evasión de la siguiente movida obvia, la terminante añadidura de lo impredecible. El asunto llega como una aparición y aun así no se puede considerar fuera de lugar: he aquí lo que hace de los grandes poemas algo indispensable e imposible de contradecir, lo que los hace sucesos en y acerca de sí mismos.

Se puede responder a la pregunta de qué es lo que la poesía de Mandelstam hace ocurrir diciendo que abre una brecha rumbo a la creación de otros poemas, y al decir poemas me refiero no sólo a obras hechas de palabras y después impresas en libros; también me refiero a la palabra en ese su sentido más amplio, definido por el poeta Les Murray. Para él, "poema" puede significar un gran sistema de creencias o una ética de la conducta. Y el siglo veinte nos presenta con toda claridad un periodo durante el cual la cuestión toda de la relación de la poesía con los valores humanos se conformó a un costo extremo en las vidas de los poetas mismos, un periodo en el cual el equivalente secular de la santidad se alcanzaba, con frecuencia, gracias a la devoción por la vocación, y en el cual se ha dado hasta un cierto martirologio de los escritores.

Basta pensar en nombres como los de Marina Tsvietáieva, Samuel Beckett y Paul Celan para recordar con qué rigor, a qué costo y en medio de qué soledad tan singular hollaron el camino del arte y lo siguieron hasta sus últimas consecuencias.

En el compromiso de esta voluntad –podríamos decir, citando equivocadamente a Dante– iba implícito su tormento. Su sendero era una vía ascética, no tanto en un bosque oscuro como en una vía negativa lingüística, y fue a instancias de una vocación artística que cambiaron sus vidas y las vivieron, en bien del lenguaje, llevando al lenguaje más allá.

Sin embargo, el camino ascético no fue el único elegido por la poesía en este siglo. La extraordinaria fecundidad y fuerza hipnótica de poetas como Vladimir Mayakovsky, Federico Gar-cía Lorca y Dylan Thomas debe, a su vez, tomarse como una respuesta noble a los tiempos que les tocó vivir. Sus muertes prematuras acaso los volvieron héroes culturales y los revistieron del glamour de los estereotipos románticos; pero vaya si se yerguen como recordatorios de las fuerzas del daimon del arte, su alianza con la voz cantante de Orfeo, el mero poder hechizante de su discurso rítmico. Dylan Thomas penetró el oído de los hablantes de lengua inglesa a mediados de siglo con una confianza apocalíptica; lástima que luego, en los años cuarenta y cincuenta, la luz de la fe en la vida misma comenzara a desvanecerse.

Después del holocausto, una nueva oscuridad se proyectó sobre el siglo. Se instaló en la conciencia como una segunda caída, que no era parte de algún mito de creación y redención, sino en verdad parte del registro histórico, lo inimaginable al fondo de cualquier espejo en el cual los seres humanos acaso optaran por mirar su reflejo. Aparece, por ejemplo, como telón de fondo pesadillesco en poemas de Sylvia Plath que poseen calidad de parteaguas, como "Papacito" y "Doña Lázara", publicados en su poemario Ariel , de 1965. Éstos y otros poemas de Plath sí lograron que algo ocurriera de cierta manera muy política: el resurgimiento y desafío de su obra, la combinación de logro artístico y liberación personal que implicaban, todo eso comenzó muy rápidamente a conducir la corriente de lo que en un principio se llamó liberación de la mujer, después feminismo y, por último, política de género.

La obra de Plath, dicho de otro modo, tuvo un efecto definitivamente cinético. "Cinético" es el vocablo empleado por el Stephen Daedalus de Joyce, con objeto de describir el arte que provoca un efecto de saldo o remanente sobre la vida. Arte que puede apropiarse, digamos, con propósitos políticos o como estímulo para propósitos eróticos. Y tal efecto de apropiación de la poesía en la vida es, por supuesto, un fenómeno bastante común.

Si uno se pregunta hasta qué punto la visión compasiva de un Neruda o un Brecht ayudó a los pobres y a los reprimidos, o a qué grado Hugh MacDiarmid contribuyó a la evolución de una nueva conciencia nacional en Escocia, no hallará una respuesta exacta; pero hay, en cambio, una certidumbre en que algo real y positivo sí ocurrió. De igual modo, no cabe duda de que la obra de poetas-soldados durante la Primera Guerra Mundial afectó sus actitudes respecto de la masacre masiva y la lealtad a las mitologías nacionales; de que los poetas de Europa Oriental que se negaron a plegarse a las ideologías comunistas mantuvieron vivo el espíritu de la resistencia que triunfó en 1989; de que Allen Ginsberg y los poetas de la generación beat en general cambiaron el clima de la cultura norteamericana, contribuyeron al movimiento en contra de la guerra de Vietnam y aceleraron la revolución sexual; de que las poetas de surgimiento posterior al de los logros de Plath llenaron de género su propuesta y afectaron el clima social y político; de que los poetas pertenecientes a minorías étnicas han tenido éxito al incorporar sus poemas a una obra más amplia de solidaridad y otorgamiento de poderes; y así sucesivamente.

La obra de todos estos poetas, en el sentido más obvio de la expresión, sí hizo que algo positivo ocurriera. No obstante, doy por hecho que ninguna poesía digna de llamarse tal es indiferente al mundo por el cual y al cual responde. La función de respuesta, tal como lo ha señalado el poeta estadunidense Robert Pinsky, es precisamente lo que hace a la poesía responsable en el sentido más profundo: capaz y dispuesta a ofrecer una respuesta, pero una respuesta en sus propios términos. Y son esos términos los que con frecuencia fuerzan al poeta a recluirse en aquellos "ranchos del aislamiento y penas trabajadoras" a que aludía Auden.

Comencé con una elegía para un poeta porque justamente con motivo de la muerte de un poeta experimentamos con mayor fuerza la necesidad de la poesía, y la gratitud más grande para con él por haber hecho cosas, como decía Rilke, "capaces de eternidad". Cuando muere un poeta, siempre surge una contradicción entre nuestra gratitud por lo que ha ganado el arte y nuestros sentimientos de pérdida personal, y esta ambivalencia queda poderosamente expresada en un par de versos de Tadg Dall O h-Uiginn, poeta irlandés del siglo XV, escritos en memoria de su hermano, que era poeta a su vez. Ante el hijo de su madre muerto, en palabras de O h-Uiginn, "La poesía se ha acobardado/ Una duela de barril se ha aplastado/ Y el muro del aprendizaje se ha derribado".

A pesar de la intensidad de la pena que se expresa, las imágenes también ofrecen un magnífico panorama de la reciedumbre inmemorial de la poesía, como la obra de contención de la madera y la piedra. Y precisamente por eso cité los versos de O h-Uiginn a principios de noviembre del año pasado, en el entierro de Ted Hughes. Con la muerte de este gran poeta inglés de la segunda mitad de nuestro siglo se esclareció por completo que, a solas, él había hecho un recordatorio de Inglaterra, por así decirlo, que había hecho recordar a buena parte del país y de la cultura mucho de lo que acarrean su tierra y su lengua. En cierto sentido, él volvió a enarcar el barril colocándole una nueva duela. Este poeta moderno de Yorkshire, que en los años sesenta publicó un poema titulado "El Toro Moisés", habría hecho muy buenas migas con Caedmon, el primer poeta inglés, que comenzó a vivir como trabajador de una granja en Nortumbria, un coterráneo norteño con el arpa bajo un brazo y el bulto de forraje bajo el otro.

Al término de un siglo que ha visto las nubes de hongo sobre Japón y el humo de las cámaras de gases sobre Europa, las regiones de sequía y los casquetes polares derritiéndose, la lluvia ácida y la erosionada capa de ozono, Hughes logró reconocer todas las verdades destructivas y, aun así, seguir cantando como Caedmon acerca de la gloria de la creación. En su elegía a su amigo y suegro, el granjero Jack Orchard, Ted escribió versos que ahora expresan nuestro propio sentimiento de pérdida:


The trustful catle, with frost on their backs
Waiting for hay, waiting for warmth,
Stand in a new emptiness.
From now on, the land
Will have to manage without him.

[El confiable ganado, con escarcha en el lomo,
Espera la pastura, espera el calor,
Parado en un nuevo vacío.
De ahora en adelante, la tierra
Tendrá que vérselas sin él.]

En este contexto, viene a la mente la frase de Auden, "el cultivo de un verso", como la vieja relación, presente en la palabra "cultivar", entre el cultivo y la cultura, relación que originalmente deriva del verbo latino colere. Así que esto también me recuerda algo que una vez dijo el poeta Joseph Brodsky en mi presencia, algo muy audenesco en cuanto a su simple claridad y convicción. Los seres humanos, dijo, se han puesto sobre la tierra para crear la civilización.

Y si aceptamos esa definición de nuestra raison d´etre humana, entonces tendremos que admitir que en un siglo en el cual la inhumanidad nunca se ha hallado fuera del alcance, los poetas han sido fieles a tal propósito y han probado, ciertamente, constituir su centro.



Traducción de Pura López Colomé
Seamus Heaney, " La fuente curativa", Fractal n°12, enero-abril, 1999, año 3, volumen IV, pp. 11-18.

miércoles, febrero 13, 2008

La literatura para desesperados, según Roberto Bolaño

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977.
Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie.
Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así les hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.
De Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño.

martes, febrero 12, 2008

Unas cuantas buenas canciones





Charlotte Gainsbourg
The Song That We Sing (MP3)

Loney, Dear
I Am John (MP3)


Beth Gibbons
Tom the Model (MP3)


Andrés Valdivia
Kriptonita (MP3)





martes, septiembre 25, 2007

El perro romántico y los iconoclastas

El perro romántico y los iconoclastas
Entrevista al librero y lector R.B.



En una esquina oscura, portando gafas de grueso calibre, un joven de bigotes claros sostiene una taza de café en una actitud que, mirada con desconfianza, puede parecer de gratificante soberbia. Las sombras que se abalanzan sobre su rostro –a la manera de un presidiario- son las de cientos de libros agrupados en estantes que recortan el paso de la luz que entra al conocido café capitalino.
Acompañado de un teléfono y de un cuaderno de notas, escribe –con un promedio calculado de al menos 35 minutos por día- tres o cuatro frases con un lápiz de tinta roja, de esos que se encuentran a bajo costo en todas las librerías. Se creería que este encorvado ser se dedica en sus tiempos laborales no sólo a atender a los asiduos clientes, sino también a escribir la única y última novela del nuevo siglo. Pero cómo saberlo. Sin embargo, al terminar su horario presiona el pedal de su bicicleta, giran las cadenas y desaparece en su mal alimentado corcel metálico, desapareciendo como una página que se voltea y se abre al vacío.
Esta vez he logrado detenerlo. La cita estaba acordada a las 16:30 y llego con un leve atraso de quince minutos y un ligero hálito a alcohol. Lo saludo como de costumbre, sacándolo de su concentrada lectura. Ha cumplido su turno en el Café M. y junto a él, con una mirada afectuosa, su sustituto se rasca una imponente barba. Salimos del lugar, arreglamos unas deudas y caminamos hacia la primera taberna que nos ofrece la Alameda. En el camino se detiene ante un precario paño que separa unos cuantos libros del suelo; recoge dos, “La desobediencia civil” de Thoreau y “Modelo para amar” de Cortázar; hurga en su bolsillo, da la media vuelta y dice “gracias, jefe, estaba caliente por unos libros”.
Hablar con R.B. no es sólo hablar con un jóven librero, de esos que abundan, sino que es hablar de literatura. Aficionado a su labor y afecto al “mal de la lectura”, que poseen uno de cada cien jóvenes, se reconoce no sólo el rostro de un jovencillo de veinte años, sino que doblada en las solapas de su chaqueta, los más seis mil años de escritura. No ha publicado y no tiene el interés de cometer el viejo crímen. Hoy tan sólo hemos querido inmortalizar a uno, que como Borges, pasará a la memoria de un par bibliófilos como un gran lector.


- ¿Qué estás leyendo en estos momentos?

“Nada que posea importancia para el mundo. Soy un lector y eso no importa más que las erratas de un burgués. He estado indagando un poco en el muchacho Ovidio y en otros tantos que me cansa nombrar.
Hace unos días, eso sí, sufrí una conmoción leyendo “El que tiene sed” de Abelardo Castillo, un escritor argentino fabuloso, de esos que debieran de figurar en los escaparates. Trata de la bebida y la literatura, esas dos enfermedades que siempre han sido compañeras, pero más allá de eso salva por su buena prosa. Dentro del libro hay una frase espléndida que dice: “Si lo has dado todo, sabe que no has dado nada”.

- ¿Y cómo es todo esto de trabajar en una librería? Es una oportunidad increíble para un lector o para un dormilón, pero a la vez tiene ciertas responsabilidades.

“En estos últimos días me he reencantado con todo ese mundo. He vuelto al ejercicio de estudiar a los clientes, de entablar juegos y conversaciones, pero ahora lo he convertido en una labor. Son increíbles las ficciones y los personajes que puede encontrar uno adentro. Hace poco conocí a un cliente argentino, fanático de Tom Waits y con el que se puede hablar de todo, que estudió literatura en Buenos Aires y que denigra a Petrarca como ningún otro; me ha regalado dos Jack Daniels buenísimos que ya se los quisiera Churchill.
También hoy mandé a pedir un libro a Anagrama, que la sola referencia me dejó pasmado, pálido como un cadáver. Lleva por título “84, Charing Cross Road” de una tal Helene Hanff. Al parecer se trata de una escritora norteamericana que encarga por carta unos tomos a un librero inglés y todo termina en un gran plato de sexo, amor y dolor”.

En ese momento B. descarga un mazo de cartas sobre la mesa. Hemos pedido un pitcher de cerveza nacional y en el cenicero nos saludan un par de colillas. Le preguntó si hará algún truco de magia o algo por el estilo y me responde:

- “Llevé este mazo hoy al café. Cuando alguien iba a pagar me fijaba si su rostro mostraba ser el de una buena persona, entonces ponía las cartas frente a él y le decía que si adivinaban la carta que yo sacaba al azar, la cuenta corría por mi bolsillo”.

Reímos como sólo lo puede hacer la juventud y ante el término del partido de Football, que se presentaba en una televisión del fondo del bar –y ante la irrebatible derrota de Bombalet- cambié de tema y volvimos a lo nuestro.

-¿Qué piensas de lo que se escribe ahora en Chile?

“¡Bazofias! Hoy leía en el diario una entrevista que le hacían a la poetilla Paula Ilabaca acerca de una reedición de Zurita, y pura mierda, nada de sentido común. La muy patuda comienza diciendo: “No concibo una escritura que no sea desde el cuerpo”. ¿Qué es eso? ¿Acaso el Dante se proponía ese programa estético? Para nada, y ella es sólo un síntoma de una literatura que se cae a pedazos.
La literatura está llena hoy, como el football, de un montón de comentaristas o de perjenios que escriben desde la última teoría de moda. Lo que pasa es que le temen a la muerte y no se dan cuenta de que la escritura es un oficio peligroso, de que hay que cometer crímenes innegables antes de sentarse frente a un papel. Es gente cómoda y que gana premios, que figura en google, y desean más el dinero que la exigencia. Gente que se llena la boca con pura pirotecnia. “No concibo una escritura que no sea desde el cuerpo”: ¡Pirotecnia, juegos de luces! El desierto avanza en Paula Ilabaca.
Y ese es el enemigo de la literatura. Porque todos estos tramposos no se atreven a salir de su rancho, no piensan universalmente como los grandes escritores. No acometen una gran hazaña y se quedan en el comidillo de los cocktails o sobajeandose entre ellos e inflando sus nombres. No hay una ética de por medio, no se le toma el peso a la cosa, y eso Bolaño lo sabía, es cosa de leer su discurso en Venezuela en el Premio Herralde: “luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, y cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio” .
Todos han creado sus pequeños negocios, no se la juegan ni por nadie ni por nada. Por eso todos odiaron a Bolaño, por que a lo más quiso ser un buen hombre. No merecemos a Bolaño, como él decía que no merecemos a Lihn, y hay que descabezar a unos cuantos monos. Espero que a todos esos tipejos les vaya bien, que sean exitosos, eso al menos nos da algo de esperanza”.

- ¿Pero crees que existe algún referente vivo en estos tiempos?

“Es una pena que haya muerto Bolaño, pero son los gajes del oficio. Roa es un tremendo poeta, pero no ha fundado nada, es un prólogo, o quizás un epitafio. Lo que pasa es que hay que pensar universalmente y, si existe alguien cuya vida merece ser mantenida es la de George Steiner, ése si que está escribiendo cosas inspiradoras. Mientras todos hoy se llenan la boca con la ausencia, el propone la presencia, de escribir como un sí, como si existiera un sentido. Leer a Steiner es volver a creer en plena crisis de la palabra. “Presencia Reales” o “Gramáticas de la creación” son verdaderos libros, eso si que es inteligencia, porque el tipo sabe de todo, desde música a escultura, y se pasea por todo el siglo XX de una bofetada. Se hecha al bolsillo a todo el estructuralismo y las nuevas teorías, a todo Bajtin, Derridá y Barthés de un paraguazo, por Knock out, con una claridad increíble, porque lo que él propone es una nueva forma de leer, un salto radical para occidente, salir del comentario y de la mesa de disección”.

- Es recuperar la fe en la palabra, en que aún se puede decir algo…

“Claro, y en algo más allá de ella. No creo que haya otro autor vivo tan lúcido como él, quizás el primer Bloom pero terminó rayándose con lo mismo que hemos estado hablando. A mi “Presencias reales” me salvó la vida, y creo que este tipo está forjando una vía difícil, pero interesante para la humanidad. Es verdad que uno se llena con el discurso de Celan y el extremismo de llevar el lenguaje hasta el silencio después de todo lo que ha pasado en el siglo XX, pero en cierta forma, en el fondo, sabemos que la literatura debe apuntar hacia la vida, debe hablar a la vida”.

En ese momento uno de los cocineros del lugar se levanta a limpiar con un paño roñoso uno de los ventanales. B. se detiene y me dice “si esto solamente fuera la vida, sin duda merecería ser vivida”. Frente a esa imagen, las cartas sobre el libro de Thoreau, toma del otro lado de la mesa una edición de las Elegías de Propercio y continúa:

- “Últimamente estoy abismado con los latinos. Me desprecio por haberlos subvalorado. Imagínate ese Siglo de Oro con Virgilio, Horacio y Ovidio, todos juntos en una misma ciudad, escribiendo esos tremendos poemas. Ellos si que tenían fe en la palabra, en el discurso, en que el poema les sobreviviría mil años más allá de la muerte. Propercio y Catulo sabían que si una minita se ensañaba contra ellos la inmortalizarían con un desprecio del que gozaría un muchachillo dos mil años después.
El pillo de Ovidio quema toda su obra, pero sabiendo que está en todas las bibliotecas del Imperio, eso es notable, y no necesitó de un Max Brod que sacara sus inéditos de debajo del colchón. Ellos inventaron todo o casi todo, que es lo mismo. Imagínate la línea: Propercio, Ovidio, Arnaut Daniel, Dante, Pound y Eliot. Es formidable y es porque en ellos existía no sólo un ideal de grandeza, una soberbia, sino porque sabían que lo que escribían era tan grandioso como el imperio en el que arrastraban sus sandalias”.

- ¿Y cómo crees que será tu generación literaria, la que vendrá? ¿Cómo te la imaginas y bajo que ideas estarían reunidos?

- “Me interesa el concepto de generación. El otro día con el argentino comentábamos que hay muchos que han tardado demasiado en morir, y eso podría parecer injusto, y todos sabemos que son los del treinta, pero es una molestia. Creo que no hay generación literaria en Chile desde Lihn y Teillier, esa es quizá la última y más significativa. Los otros son casos aislados, no hay fraternidad, sino individualidades interesantes o mafias o sectas. Lo de Bolaño es aparte, es una generación, pero no propiamente chilena, y todos esos tipos, como he dicho, se mataron por un ideal, y terminaron con grandes obra, muertos en la guerrilla o en oscuros ministerios haciendo la parodia del artista.
Nosotros tenemos la suerte de ser latinoamericanos, aquí todo está comenzando y hay que aprovechar que no todos se apasionan por esto, y en ello hay una precariedad interesante. Lo que yo veo, en quienes me rodean, en los que podría considerar mi patria, es decir mis amigos, es primero que todo un código de lealtad, o al menos el aspecto de unos tipos honorable. No han publicado nada, pero noto algo diferente, y más allá de todo son grandes lectores y no se abanderizan por nada superfluo. Lo que debemos tener siempre presente es que exista un sueño, por muy inocente y estúpido que pueda parecer esto para el mundo que nos tocó vivir. Esta sola actitud contrasta con todo el comidillo de escribidores que hay. Y por esto hay que ponerse al frente enemigos grandes y me refiero a nombres como Heidegger o Benjamín, que son tipos enormes pero a los que hay que torcerles la mano”.

- ¿Y qué se necesita para ello? Porque todo esto puede parecer demasiado idílico.

- “Tener a Cioran y los surrealistas al mismo lado de la almohada. Crear un gran fracaso. Tomar la literatura como un fusil, vivir la vida y los libros a concho, y saber que tenemos todo la cobardía y la falta de condiciones. Crear una biografía de verdad y no de pasillos. Leer a Homero, Safo, Virgilio, Bertrand de Born, Santo Tomás de Aquino, Joyce, Spinoza, Wittensgein, Desnos, Rimbaud, Hugo, Breton, Ungaretti, Neruda, Mistral, Parra, y tantos nombres, y otros tantos más. Disfrutar este juego. Salir con un traje delirante a la calle, y saber que leer es una herida que siempre está abierta, y eso noto, que todos hemos tenido la suerte de conocernos y sabernos dolidos y curiosos de la vida”.


Al terminar estas palabras la gente del antro en el que estamos sentados –y que él me dice que le recuerdan los cuadros de Hopper- se levanta en un solo grito. “¡Gol!” se escucha por todas partes, un estruendo maravilloso. También lo celebramos y nos llevamos el último concho de cerveza a los labios. Me recomienda que lea “Ferdydurke” de Witold Wombrowickz, al tiempo que me cuenta de un sueño que tuvo con Carson McCulers y Patti Smith. “Panero no está loco, y tampoco podría fingirlo. Bioy quería ser Borges, e imagínate al calvo cuarentón de Verlaine adorando al pendejo Rimbaud. Ahí está lo hermoso, en los grandes fracasos”, me dice. Nos damos un apretón de manos y salimos a la calle. Me mira, luego de esta larga conversación y me dirige sus últimas palabras: “¿Por qué somos tan anacrónicos, por culpa de quién? Todos celebran un gol y nosotros hablando de Trotsky”.

miércoles, septiembre 12, 2007

Susana Thénon

La antología

¿tú eres
la gran poietisa
Susana Etcétera?
mucho gusto
me llamo Petrona Smith-Jones
soy profesora adjunta
de la Universidad de Poughkeepsie
que queda un poquipsi al sur de Vancouver
y estoy en la Argentina becada
por la Putifar Comissión
para hacer una antología
de escritoras en vías de desarrollo
desarrolladas y también menopáusicas
aunque es cosa sabida que sea como fuere
todas las que escribieron y escribirán en Argentina
ya pertenecen a la generación del 60
incluso las que están en guardería
e inclusísimamente las que están en geriátrico
pero lo que importa profundamente
de tu poesía y alrededores
es esa profesión –aaah ¿cómo se dice?–
profusión de íconos e índices
¿tú qué opinas del ícono?
¿lo usan todas las mujeres
o es también cosa del machismo?
porque tú sabes que en realidad
lo que a mí me interesa
es no sólo que escriban
sino que sean feministas
y si es posible alcohólicas
y si es posible anoréxicas
y si es posible violadas
y si es posible lesbianas
y si es posible muy muy desdichadas

es una antología democrática
pero por favor no me traigas

ni sanas ni independientes


De La morada imposible, Corregidor, Buenos Aires, Argentina, 2001

miércoles, agosto 29, 2007

Un poema de Basil Bunting

Lo que el Jefe le dijo a Tom

¿Poesía? Eso es un hobby.
Yo corro modelos de trenes a escala.
El Sr. Shaw cría palomas.

No es un trabajo. No sudas.
Nadie te paga por eso.
Podrías publicitar jabón.

Arte, eso es la opera; o un repertorio–
The Desert Song.
Nancy estuvo en el coro.

Pero cuestionarse por veinte libras a la semana –
¿Estás casado, no es así?–
Has de tener coraje.

¿Cómo podría mirar al conductor del bus
A la cara
Si te pago veinte libras?

¿Quién dijo que era poesía, de todas formas?
Con diez años de edad
Puedo hacerla y rimar.

Tengo tres mil y deudas,
Un auto, cupones,
Pero yo soy un contador.

Ellos hacen lo que yo les digo,
Es mi compañía.
¿Qué haces tú?

Desagradables palabras pequeñas, desagradables palabras largas,
No es saludable.
Deseo lavar cuando conozco un poeta.

Ellos son Rojos, adictos,
Todos delincuentes.
Lo que escribes está podrido.

El Sr. Hines lo dijo, y él era un profesor de escuela,
Él debería saberlo.
Vete y busca un trabajo.


(Traducción Diego Alfaro Palma)
De los “Naufragios” al nuevo hombre
Una lectura de los “Naufragios” de Álvar Núñez Cabeza de Vaca




Por Diego Alfaro Palma




“La publicación que Heródoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y maravillosas hazañas, así de los Griegos, como de los bárbaros” . Esta es la advertencia que abre el primer libro de los nueve que conforman la “Historia”. Como Heródoto y Marco Polo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca se internó hacia lo desconocido sin escatimar en consecuencias, cumpliendo con esa intemporal tradición humana.


Sobreviviente del naufragio de la expedición de Pánfilo de Narváez a las costas de Florida en 1527, que costó la vida de 300 hombres, su labor testimonial no sólo resalta por la crudeza de su vivencia, sino por una cercanía extraña con lo humano y el paisaje. En él ya reconocemos al hombre renacentista en formación, categorización histórica que es superada en su propio relato, en un distanciamiento al prejuicio occidental hacia el “bárbaro”, para incluirlo en su palabra y denotar tanto sus virtudes como defectos.


Ante la rogativa de encallar y fundar una ciudad hacia el principio del relato nos dice: “y yo quería más aventurar la vida que poner mi honra en esta condición”. Y es que los “Naufragios” es una obra radical a su tiempo y de una trascendencia inédita. Su bitácora fue ejemplo e incentivo para una serie de empresas conquistadoras en España, como la de Hernando de Soto (1539-43) y de Coronado (1540-42), cuyas relaciones fueron influenciadas fuertemente por el conocimiento de la escritura de Cabeza de Vaca.


Así también, Rolena Adorno una de las importantes estudiosas de la relevancia de los “Naufragios”, ha seguido los pasos de las observaciones del conquistador alrededor de Europa. Tanto Fray Bartolomé de las Casas como Gonzalo Fernández de Oviedo habían aludido en sus textos a estas desventuras, pero sin duda uno de los datos fundamentales es saber que hacia 1556 Gian Battista Ramusio esgrimió la primera traducción al italiano, tan sólo doce años después de la primera edición española. Este traslado a la península itálica es determinante, pues los primeros acercamientos del mundo anglosajón se produjeron por ella. Hacia 1625 Samuel Purchas terminaba una versión abreviada, recepción que fue utilizada de propaganda para los primeros colonizadores ingleses en zarpar hacia América .


Y es que el pragmatismo y la patente subjetividad del narrador de esta obra pudieron parecer atractivos para un mundo inglés que abogaba por similar corriente empirista. La descripción de los hábitos de los nativos y del capital efectivo que muchas de esas costas significaban, proveerían de un arduo trabajo a los peregrinos que oportunamente verían aquella tierra como paraíso terrestre y vía de salvación.


El sin número de estudios realizados a los “Naufragios” supera la media hasta nuestros días y, tanto como Shakespeare o Cervantes, demanda la atención de un sin número de academias. De hecho, el personaje de Estevanico, uno de los cuatro compañeros sobrevivientes de Cabeza de Vaca, ha merecido una extensa labor interpretativa, llegando a ser reconocido como el primer africano (bereber) en costas norteamericanas y dedicando largas páginas a su memoria.


Esta obra, como muchas inabarcable, sorprende desde el primer momento por el tono que se desliza a través de los capítulos, un tono que no coquetea ni con la grandeza ni con el honor, sino que se presenta desde el fracaso mismo de la misión, depurado hasta la última línea y alejado de la confluencia mítica grecolatina o las interpretaciones bíblicas que aquejaban a muchas de las cartas de relación publicadas en esa época.
El presente texto busca indagar, dentro de sus posibilidades, en la originalidad que provee a la obra de los “Naufragios” de una cada vez más patente “contemporaneidad”. Al mismo tiempo que ahondar en su voz, en ciertos aspectos del relato y el sentido de “fracaso” que asola a la epopeya de Cabeza de Vaca.

I

Como Heródoto, el gesto de nuestro autor fue el de elaborar una pequeña barca de papel que sirviera de memoria para todos aquellos sucesos y seres que se entramaron en una misma travesía. Pero lo que primero notamos al abrir las páginas de la relación, es un hombre distinto, no uno que narre las maravillas de una civilización o que abogue por celebrar un orden social determinado. Es cierto que en el “Proemio” leemos la dedicatoria al rey Carlos V y el aviso que se deja entrever en sus párrafos iniciales. Sin embargo, el contenido de los “Naufragios” se desarrolla desde un punto de vista diferente, es decir, desde un centro meramente subjetivo: esta es la narración de las experiencias extremas de un hombre en un mundo del que no posee registros.


Cabeza de Vaca es el experimento de situar al hombre centro-del-mundo del Renacimiento en medio de la naturaleza hostil y de otros hombres que se acercan más al salvajismo que a la vía intelectual. El conquistador, portador de su fe, se ve abandonado con su Dios y sus conocimientos en un paisaje agreste, pasando de ser un hidalgo empobrecido en busca de riquezas, a un mercachifle o mercader para indios, a esclavo y habitante de la selva.


Su escritura es la defensa del hombre mismo, el ejemplo de la supervivencia alcanzada por sus propias manos. El rezo, ciertamente, es punto esencial del hado al que se siente sometido el personaje, pero no es mayormente un instrumento de salvación en la vida terrestre. Se nos cuenta en un pasaje el hundimiento de uno de los botes cargados de frailes que la tormenta ahogó y de los que no quedaron restos que identificaran su presencia en la tierra.


Su tarea como redactor es la de salvaguardar aquellos nombres a través del texto, de dejar una marca de esas 300 existencias que una tormenta desapareció y de los que la eternidad probablemente obviaría. El texto como tejido de la experiencia humana –propio de todos los tiempos y aún más acentuado en el Renacimiento- cobra aquí todo su valor como un acto del hombre para el hombre: un rescate.


De Pánfilo de Narváez nos cuentan los cronistas, fue la misión de doblegar la entereza de Cortés que escapaba de la isla de Cuba en conquista de los opulentos reinos de México. No obstante, gracias al oficio del narrador, podemos imaginar la muerte de aquel desafortunado aventurero que encontró la muerte frente a las costas de un país que jamás logró imaginar. Así también, tanto capitanes como meros componentes de las huestes se engarzan en la voluntad de una pluma de devolverles la vida y sellarlos en el tiempo. Reconocemos de esta forma dos casos, el del ansioso Juan de Velásquez y del griego don Doroteo Teodoro:

Uno de a caballo, que se decía Juan Velásquez, natural de Cuellar, por no esperar entró en el río, y la corriente, como era recia, lo derribó del caballo, y se asió a las riendas, y ahogó a sí y al caballo; y aquellos indios de aquel señor, que se llamaba Dulchanchelín, hallaron el caballo, y nos dijeron dónde hallaríamos a él por el río abajo; y así fueron por él, y su muerte nos dio mucha pena, porque hasta entonces ninguno nos había faltado. El caballo dio de cenar a muchos aquella noche.

Como los llamamos, vinieron a nosotros [i.e. los indios], y el gobernador, a cuya barca habían llegado, pidióles agua, y ellos la ofrecieron con que les dieses en qué la trajesen, y un cristiano griego, llamado Doroteo Teodoro, dijo que quería ir con ellos; el gobernador y otros se lo procuraron estorbar mucho, y nunca lo pudieron, sino que en todo caso quería ir con ellos
.
El caso de este último no puede sino ser digno de curiosidad literaria. Tras seguir a los indios para conseguir el abastecimiento de agua necesario para la tripulación, se acordó dejar un par de ellos en la embarcación por rehenes. Al día siguiente los indígenas volvieron con grandes cantidades a agua y al interrogarles el capitán por sus hombres, tanto rehenes como abastecedores desaparecieron lanzándose por la borda. De Doroteo y de su compañero de tez negra nunca más se supo.


Del personaje de Álvar podemos recalcar cualidades cognoscitivas asombrosas, sin que estas traspasen mayormente el ámbito de lo fantástico. Sus conocimientos de las estrellas le permitieron mantener correlación con la medición calendárica occidental, a la vez que su entendimiento en materias medicinales le brindaron cierta fama entre las tribus del sur de Norteamérica. Al mismo tiempo podemos, a través de esta escena, graficar el motor narrativo del autor; tras implementar sus técnicas curativas, más un soplo sobre el enfermo (que había adoptado de otras tribus) y la persignación cristiana, el hablante no infunde un trasfondo milagroso al asunto, sino a lo más, desde su perspectiva católica, ve como un cumplimiento divino la sanación de los indios.


A la vez el registro topa los márgenes de lo narrable. Más cercano a la crudeza dantesca, se nos cuenta de casos de canibalismo entre los sobrevivientes. Lo que Cabeza de Vaca hace es llevar un relato articulado, racional y medido en su subjetividad hasta sus últimas consecuencias, donde fondo y forma llegan a torcerse. Su frialdad es la que nos impacta, la opción de desnudar la fatalidad y mostrar al hombre en el límite de sus posibilidades, con su cuerpo sufriente y hambriento, abandonado del rey y la Providencia.



II

“Sus habitantes, hombres y mujeres, van desnudos y no se cubren ninguna parte del cuerpo y son idólatras. Hay allí bosques de árboles de sándalo rojo, de nueces de la India y de clavo, y tienen abundancia de brasiles y de diversas clases de especias” . Esto creyó hallar Colón en su llegada a América; identificó gran parte de las descripciones de Marco Polo con lo que avistaba. Sin embargo, este retrato no es el de las Antilla, sino de isla llamada Jana, en el reino de Lambri.


En 1513 Ponce de León, Hernández de Córdoba y don Laureano Pineda avistaron las costas Florida un día de Pascua. Al partir Cabeza de Vaca, ya eran conocidas las bitácoras de voz en voz y entre ciertos lectores privilegiados. Sin embargo, al contrario de Colón y los siguientes historiadores y poetas, el autor de “Los Naufragios” no cayó en identificar en sus palabras el nuevo territorio con los cuadros míticos que adornaron largas listas de crónicas.


Mucho se ha hablado de la inflexión que supuso para la teología católica el descubrimiento de América, donde gran parte de los pensadores y aventureros de la época creyeron ver justificadas las hazañas metafísicas de la escolástica. El Paraíso, la Torre de Babel, La isla del Purgatorio y hasta el Santo Grial fueron parte de esa cosmogonía fundacional del espacio americano, que de golpe significó una crisis en la representación de lugares inexistentes a la mirada europea .


¿Cómo dar cuenta de lo desconocido? ¿Cómo darle un asidero real a los sucesos y seres que se atiborraban en las páginas de los cronistas? Gran problema al que se debieron de someter estos primeros escritos, que intentaban llenar el vacío de lo asombroso e inefable de un continente que en nada se correspondía al lugar de origen. Debemos de tener en consideración que el Renacimiento lentamente comenzó a dejar como comprobación verídica el “principio de autoridad” que reinó durante la Edad Media; cada alusión debía de ser justificada, según los grandes filósofos y teólogos. Adentrándonos en los “Naufragios” todo esto desaparece.


Es impresionante corroborar cómo el autor se desliga, ya sea por desconocimiento o como método narrativo, de toda una gran tradición para edificar un texto libre de la tradición y los parámetros escriturales occidentales. Hoy podríamos señalar aquello como una virtud médica de analizar depuradamente el objeto considerado, pero sabemos que para la época esta ciencia estaba fuertemente influenciada por el neoplatonismo y la filosofía y alcanzaba aún su fase experimental. Como ya hemos dicho, allí reside el valor de lo humano en su obra, de proponer un diálogo del hombre por el hombre.


Para Matin Lienhard la experiencia de los primeros conquistadores se centra en una “literatura ‘egocéntrica’ – concentrada en el ‘yo’ del europeo, con sus deseos, sus convicciones, sus triunfalismos, sus decepciones, sus dudas” ; a la vez que considera a los “Naufragios” como la inauguración de “la novela autobiográfica moderna con su héroe subjetivo y trágico” . Y podríamos afirmar más aún, que esta “novela” es una de las primeras manifestaciones dialógicas del ser europeo “egocéntrico” con un “otro” indígena y tempranamente prejuiciado.


Tanto el personaje como la voz de la obra se muestran serenos y apacibles con aquella alteridad radical. Como Eneas, el héroe que tiene por propiedad la piedad y el concejo, para el narrador antes de las armas existe una instancia de entendimiento –con toda la dificultad que esto contenía para ambos lenguajes- para establecer términos pacíficos de convivencia.


El cronista se compadece de la fragilidad de los indios, de sus sufrimientos e “ignorancia”. Esto nos queda clarísimo en los pasajes dedicados a su periodo como médico y más aún en la “Isla de los Malos Hados” donde comienzan a morir, sin reconocer éste que es por culpa de su presencia, por la importación de nuevas enfermedades.


Paralelamente los indígenas se muestran en un primer momento misericordiosos con los perdidos aventureros. Siempre las condiciones de diálogo impuestas por los españoles parten por una necesidad vital, sea comida o sed o abrigo. Algunas de ellas se cumplen, otras llegan a la violencia por un desentendimiento entre ambas partes. Pero lo principal es que Cabeza de Vaca le dio la posibilidad de hablar a los habitantes de América a través de su gesto; comentó y narró sus costumbres, desde sus dietas alimenticias hasta los ritos funerarios, desde el arte de tensar flechas hasta las bulliciosas fiestas que no lo dejaban dormir.


Sin embargo, en pocas oportunidades habla América. La descripción de lugares y animales está limitada por la comparación y la utilidad. Por cada campo existe la visión del provecho, de tierra para vacas de pastar. En cuanto a la fauna, las aves son asimiladas a las que surcan cielo español y no se tiende hacia un bautizo de alguna forma nueva. Dentro de estas comparaciones encontramos la anotación de las características de un bisonte:

“Alcanzan aquí vacas, y yo las he visto tres veces y comido de ellas, y paréceme que serán del tamaño de las de España. Tienen los cuernos pequeños, como moriscas, y el pelo muy largo, merino, como una bernia; unas son pardillas, y otras negras, y a mi parecer tienen mejor y más gruesa carne que las de acá. De las que no son grandes hacen los indios mantas para cubrirse, y de las mayores hacen zapatos y rodelas; éstas vienen de hacia el Norte por tierra adelante hasta la costa de la Florida”

El paisaje no toma la posta de la narración, sino que se limita a ser estáticamente representada. En cuanto a las creencias de los indígenas –muchas de las cuales no logra comprender el narrador ni emparentarlas con los sucesos naturales- el autor traspasa la frontera del juicio a la transmisión de su fe, no cómo un afán evangelizador, sino como prueba de su superioridad, de poseer un Dios que es salvación. Es extraña esta relación con la fe porque se enmarca precisamente con el mestizaje entre medicina y superstición, que le es tan caro a su supervivencia.


Pero una de las situaciones más singulares del relato atañe a un ser desconocido que mucho se asemeja a los náufragos:

“Estos y los de más atrás nos contaron una cosa muy extraña, y por la cuenta que nos figuraron parecía que había quince o diez y seis años que había acontecido, que decían que por aquella tierra anduvo un hombre, que ellos llaman Mala Cosa, y que era pequeño de cuerpo, y que tenía barbas, aunque nunca claramente le pudieron ver el rostro, y que cuando venía a la casa donde estaban se les levantaban los cabellos y temblaban, y luego parecía a la puerta de la casa un tizón ardiendo.”

A lo que los españoles rieron, para nosotros no puede sino ser desconcertante. A través de todo el texto se nos habla de hombres abandonados a su suerte u otros como Lope de Oviedo que desapareció con unas indias, que van quedando aislados entre distintas tribus. El relato de “Mala Cosa” se une a otro suceso, también desconcertante, en donde para vivir de comerciantes, ciertos indios los inducen a decir que son “Hijos del Sol”, que para cada cual no puede pasar desapercibida si reconocemos en aquel seudónimo el mismo con el que fue recibido Hernán Cortés. A esto nacen las siguientes preguntas:

¿Pudieron otros náufragos –siguiendo la historia de “Mala Cosa”- haber rondado largos años por tierras americanas? ¿Pudieron estos haberse mitificado en los rituales indígenas? ¿Qué tanto influyó en la teogonía de los pueblos americanos la llegada de los españoles?


III

El 24 de de julio de 1536 los último náufragos arribaron a tierra conocida. Álvar, Castillo, Dorantes y Estebanico fueron recibidos en Ciudad de México por el Virrey de Nueva España don Antonio de Mendoza y por el ya celebrado Hernán Cortés. Tiempo después ambos se disputarían a la presencia de Cabeza de Vaca para una próxima expedición a la Florida.


Pero los ocho años de desgaste, vagando en tierras sin nombre, hicieron que todos desistieran, a excepción del negro Estebanico que habría de zarpar como capitán junto a Fray Marcos de Niza, amigo de Fray Bartolomé de las Casas . Esta expedición por ambos lados, cumplió con la influencia pacífica de bordear las costas en una especie de censo y notación de todas las tierras y poblaciones conocidas para un próximo asentamiento.


En el seguimiento de las ciudades de Cíbola, seguramente mientras tallaba una gran cruz, Estebanico encontró la muerte alcanzado por las flechas. Por su parte Castillo, aburrido de los viajes se asentó en México y Dorante y Cabeza de Vaca fueron hacia el rey para dar cuenta de su aventura y conseguir nuevos fondos, publicándose los “Naufragios” en 1542 en la ciudad de Zamora. En su tierra le fue concedido el título de Segundo Adelantado del río de la Plata, pero ya eso es otra historia.


“Los ‘Naufragios’, es todavía hoy, por su riqueza y complejidad, el texto fundamental entre la larga serie de relaciones que formaron lo que he llamado el discurso del fracaso” nos ha dicho Beatriz Pastor, y en parte ese es el límite que enmarcan las consecuencias históricas de la travesía de Pánfilo de Narváez, pero que siguiendo la línea que hemos dibujado en este ensayo, podemos entender más como una superación del “fracaso de la empresa”, un triunfo de la voluntad humana y de la fe que lo acompaña.


El análisis de Pastor bien justifica esta presunción, al hablarnos igualmente del “fracaso” como desaparición del paisaje como concepto estético, siendo un medio hostil y amenazador. El traslado que realiza Cabeza de Vaca es la de una epopeya de la subjetividad y, en ese sentido, se acerca mucho a la narrativa contemporánea. Pero sin duda lo que logra remarcar es que aunque el paisaje o la naturaleza hayan sido las culpables de su desventura, como individuo –incluyendo gran parte de las muertes que acontecieron- logró dar un paso fuerte contra esa amenaza.


En cierta manera, observamos en el relato de Cabeza de Vaca uno de los primeros sesgos de una humanidad que –poseyendo una fe y un sentido de trascendencia- toma fe en sí misma y tanta como para ser testigo y cronista de los extremos que ha de sortear el hombre y de cómo la palabra de uno es la sobrevivencia de toda una especie.


lunes, junio 25, 2007

Del dolor y la inmortalidad


Jorge “Rata” Rosemary se confiesa:
“Dependiendo de la gravedad del a lesión soy inmortal”

De pie de izq a derecha: Armandito Roa, Pancho Marconi, Ismaeilillo Araya, Ana Patricia, Pedro Lastra, Georgie Boy Cabrera, Diego, No sé, Miguel Serrano, el otro. Y arrodillados: Enrique Lafourcade y Rodrigo "Peluca" Bobadilla.




Un muchacho oscuro como el tango, se aparece todas las mañanas cojeando, izando una tímida sonrisa entre la arquitectura. A lo lejos se diría que es una sombra, pero su bigote y descuidada barba lo descubren y ya, un poco más cerca, se le escucha recitar un verso traducido improvisadamente del inglés: “¡Son solo cinco céntimos de pan!”.

Su obra diaria, me dice, “trabaja en el dolor: el dolor es el devenir”. En ese momento se rasca, mira desprevenido a una muchacha y agrega: “Desde que reí con Rimbaud, yo soy otro”. Le pregunto por el origen de su arte y sumando una mirada al vacío, se arrodilla y casi responde: “He sufrido, es cierto, pero desde que este dolor me aqueja las mujeres cada vez me sacan más a bailar”.

Rosemary se arregla la corbata, toce para adentro, respira y cambia de tema y lleva la conversación a su aparición televisiva de anoche: “¡Mi madre no puedo más! Pues la tele me hizo famoso”. Hasta llega a afirmar que mantiene un romance con la hija de la lavandera y, torpe, le lee a Dante hasta el anochecer, mientras ella piensa en el desayuno. Hecha una bocanada de frío, se despide con un gesto de inteligencia y grita a la distancia: “¡Dependiendo de la gravedad del a lesión soy inmortal!”.

lunes, junio 18, 2007

Dos presentaciones de Cecilia Casanova


Como vuelo de pájaros
Prólogo a la lectura efectuada en el Observatorio en julio de 2006
a raíz del seminario "Cuatro Mujeres en la poesía Chilena" dictado por Adriana Valdés


Una bandada alza el vuelo para cobijarse en la blanca superficie de una hoja. En esa pureza total, anterior a toda palabra, uno a uno van emprendiendo el viaje o posándose en desconocidos aleros. Sólo uno cobijado por la tibia mano de quien compondrá aquel primer trazo, la primera nota de aquella partitura, permanece con sus alas abiertas quizás por siempre en el poema. Los otros probablemente regresarán más tarde que temprano, tras correr una cortina, en un piar bajo la lluvia o tal vez en el recuerdo de una plaza italiana.



El poeta norteamericano Archivald Mcleish decía “un poema ha de ser, sin palabras/ como vuelo de pájaros”, y la poesía de Cecilia Casanova goza de esa levedad, de una condensación en la que el poema recogido sobre sí mismo, en su silenciarse, nos habla de esos instantes fugaces, de esos juegos del sol, que se estampan como una tarjeta postal en pequeños fragmentos de eternidad.



Y su poesía no escapa a su vida misma, esos instantes vividos o imaginarios, retratados a través del lenguaje del día a día, son -y no pueden sino serlo- medidas cucharadas de su esencia. Estando entre las cosas, entre la memoria y el duro oficio de observar, Cecilia ha logrado plasmar una poesía de una sencilla complejidad, de una engañosa brevedad que colma sin darnos cuenta los minutos que se deshojan de sus libros.



Pareciera que estar con ella, con sus cuadros, flotando en sus palabras no fuera más que otra composición, un poema en donde jarrones y sillas hablan, se reconocen y nos presentan esas imágenes que permanecen suspendidas en la memoria. Porque tras su lectura uno no puede quedar incólume ante la escena de una lobelia azul en un día nublado o la de una fuente que se adelanta a la pena, porque como ella dice “la poesía transfigura las cosas”, las desempolva, las abraza y las vuelve a posar sobre el calendario de nuestra rutina. Y no podemos sino ceder, como ella cedió una coma a Adolfo Couve o una corrección a Enrique Lihn, ante esa maravilla que es volver a habitar el mundo desde la palabra.



Y si se ha escrito y si se ha cincelado o como ella dice “pasado por cloro” el poema es porque la vida no es sino un gran álbum de fotografías, tras el cual, escondámonos o no, surge esa verdad inhóspita: “porque tenemos mucho que decir/ Callamos de una manera torpe”. Una torpeza que nos podemos permitir, porque entre la palabra y el hombre se abre esa herida de insuficiencia, esa herida que nos permite rozar la mano de otro, alcanzarlo, volver a ser esos niños que se sorprendían hasta por el mínimo gesto.












El honesto disimulo




Torquatto Acceto era un ciudadano normal en la Nápoles de 1641. Como la gran mayoría de los artistas de su tiempo puso sus virtudes creativas a disposición del poder, hecho que sin recelo en su época podía considerarse de “feliz”. Secretario del príncipe de la gran ciudad mediterránea, se dedicó a tiempo completo a la trascripción de actas y discursos. En el año señalado publica “Della dissimulazione onesta” (Del honesto disimulo”), un texto breve, de escritura contenida, extraño al intrincado estilo barroco, que no pretendía ser más que un tratado sobre el buen vivir, una exhortación a la prudencia desde los textos bíblicos. Desde su escritura y su gesto ante la vida siglos más tarde el escritor italiano Claudio Magris acertadamente diría: “Escribir es siempre transcribir (…) todo escritor transcribe un texto escondido e inaferrable, el libro indecible de la vida, las palabras grabadas en las cosas, en la nervadura de una hoja o la polvareda de los acontecimientos.[1]”



La poesía de Cecilia Casanova pareciera susurrarnos aquella verdad desde su trazo contenido y vivo, un trazo que nos muestra en la efímera sucesión de situaciones, en las que pretendemos vislumbrar un trozo de ese secreto al que hemos sido arrojados. Se escribe por tanto para retocar los momentos, desde una mirada siempre atenta y sensible, que logra asimilar el mundo desde los estados del alma, que logra cumplir con esa anotación fugaz que es la vida, aquel cesto cargado de nostalgias y retratos. En sus palabras: “Ni el pájaro pese a sus alas/ puede volar/ más allá de lo escrito” (“Destino”) o en otra ocasión “Estamos de paso/ todo es prestado/ se lo debemos a El” (“Deudas”).



Poesía femenina que no nos podemos dar el gusto de clasificar únicamente como tal, pues la suya es de un lenguaje completamente propio, de un registro nuevo y sin precedentes inmediatos en la gran tradición poética chilena. Si podemos reconocer a lo largo de su obra caracteres que le sean propios y que comparta con sus contemporáneos y coterráneos, podremos señalar sin mayor dificultad el uso del verso libre en el seguimiento de una cadencia personalísima, de una habla coloquial, la condensación y la economía del lenguaje, concejo primerísimo de Ezra Pound al que pocos escritores posteriores al 50’ pudieron obviar. Se la ha comparado con Emily Dickinson, no obstante cabe la posibilidad de agregar otros nombres no menores de su tiempo como Anne Sexton, Elizabeth Bishop y Marianne Moore, o en su precisión con la poesía de Montale, Ungaretti, Desnos o Piccabia y más cercanamente al verso limpio y no menos intrincado de Alfonsina Storni. Pero más allá de estas consideraciones en el panorama nacional no podemos señalarla como una seguidora directa de Lihn o Teillier, sino como una voz propia que en su femineidad se presenta en un juego de secreto y apariencia, pero que finalmente llega a ser poesía, y en muchos momentos gran poesía, es decir, ese espacio inefable donde no valen mayormente los géneros.



Y si hemos de hallar una imagen indicada a su re-escritura y trascripción del mundo más allá de la del amanuense medieval o el escriba barroco, y contextualizándola, resultaría la comparación inevitable con la fotografía, y especialmente a la de André Kertesz, John Guttman o de la norteamericana Nancy Starrels. Pero como bien ha dicho el crítico Bruno Cuneo refiriéndose a su libro “Estación Termini”, su fotografía sería de una técnica antigua como la del atrezzo, no instantánea, sino resultante de una larga y cansadora exposición al tiempo[2]. Y más aún me gustaría incluir otra imagen, la del balcón que, a pesar de su constitución estética, de su estilo siempre adecuado al ser de un tiempo, gana por lo que no es, por el paisaje, por la apertura que este significa al espacio visual, de la mirada abierta a la inmensidad. La engañosa levedad de su escritura triunfa por su silencio, simpleza compleja, que Enrique Lihn ha señalado como “un lenguaje a la sordina” que no abusa de su sinceridad y que rehúsa la verborrea y la retórica excesiva[3].



Su obra, esgrimiendo ligeramente alguna de sus temáticas esenciales, la podríamos dividir en tres hilos conductores: la fugacidad, la hondura y la ausencia. La primera de estas se entiende como la desaparición inevitable de aquella razón (o sin razón) que nos dejó la esperanza suspendida, la nostalgia por la belleza que nos ofrece la vida (recordemos el poema “Desde el pentagrama del alumbrado” de “El sonido de las estrellas”), de la felicidad (por ejemplo “Hay días” de “De Acertijos y premoniciones”) y del amor (digamos “Despedida” de “Estación Termini” y “A vuelo de pájaros” de “Los invitados de tu memoria”). La hondura que deja el dolor de la pérdida tanto de quienes han sido nuestros compañeros de ruta (aunque nos podamos comunicar con ellos mediante lenguaje morse, como los poemas dedicados a Enrique Lihn) de uno mismo (“Oscuridad”) y de las cosas que nos rodearon (“Esplendor”). Por último, una ausencia sagrada, la falta de una trascendencia que a través de su obra va primeramente desde el escape total (“Totoral”) a la perduración de este en los instantes en que el ser comulga directamente con el mundo (“Mi misma”). Al mismo tiempo estas temáticas, como ha apuntado Cuneo, se resuelven entre dos movimientos “la levitación deseada y la privación padecida”[4], que en otras palabras podríamos definir como el deseo arraigado de ser eso otro de lo que ese habla, de ser la cosa señalada, ya sea el pájaro y su vuelo o la flor que aún después de muerta perdura en su belleza; ya también la privación y la contención máxima del discurso poético, hasta el silenciarse a sí mismo, mostrándose siempre reprimido u observando a escondidas el mundo desde detrás de una ventana, una puerta, desde un espacio cerrado o delimitado por fronteras visuales como el jardín, una fuente de soda o la presencia permanente de la lluvia que Baudelaire comparaba a una basta prisión de húmedos barrotes.



Parafraseando al poeta inglés Hugo Williams podríamos decir que gran parte de la gente ha escrito alguna vez un poema, o quizás diez, el poeta en cambio es aquel que nunca se detuvo y que se dedicó por toda su vida a reescribir esos diez primeros poemas que lo acompañaron en su juventud[5]. Creo que este es un buen parámetro para reconocer a un gran poeta, para dar ciertos atisbos de su temática, influencias y dialogar con la energía vital que irradia desde su obra. Cecilia Casanova ha logrado transcribir fidedigna y personalmente aquella acta infinita, que por descuido se guarda en los baúles del Tiempo; ha logrado a su manera validar la no desdeñable afirmación homérica: “cual es la vida de las hojas, tal es la de los hombres”.









[1] Magris, Claudio “Utopia y desencanto”, Anagrama, Barcelona, 2004. Pág. 119.
[2] Cuneo, Bruno “Estación termini”, El Mercurio, Revista de Libros, 26 de agosto 2004.
[3] Lihn, Enrique “Prólogo”, Editorial Nascimento, Santiago, 1975.
[4] Cuneo, Bruno “Cecilia Casanova, Mi misma”, El mercurio, Revista de Libros, 2001.
[5] Williams, Hugo “Rimes of passion”, The Observer, Domingo 26 de marzo de 2006. [http://observer.guardian.co.uk/magazine/story/0,,1738877,00.html]

A 40 años de Sgt. Pepper’s





Más allá de haber sido declarado el “Año del turista” por las Naciones Unidas, 1967 pasaría a la frágil memoria colectiva como uno de los más importantes del siglo XX. Para ese entonces el mundo demostraba síntomas de plena locura, bastaba con un solo botón para volar el planeta en pedazos y las potencias mundiales preparaban sus primeros juguetes espaciales.




Un grupo de cuatro muchachos de Liverpool, ya conocidos como The Beatles, arremetían en medio del ruido y la furia con uno los discos más insolentes de la historia de la música. “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” parecía en su título otra broma de estos melenudos, sin embargo sobrepasaba la expectativa media de su reconocida popularidad.




Y es que este disco fijó para una generación, y más aún para la civilización occidental, uno de los momentos claves en el despliegue artístico. Nunca antes una propuesta estética había logrado ser tan masiva, nunca la juventud de todos los rincones del planeta había propuesto una flor antes que otra revolución armada. The Beatles y todo el séquito de los ‘60 se convertirían en el último monumento del arte a favor de un cambio total, de ofrecer la palabra “amor” ante las maquinarias estatales y los reclutamientos políticos, y de esta manera se presentaban como una respuesta utópica a todo el acontecer y al cansancio de una época.




Pero en ese momento ni Ringo Starr consideró que este disco se iba a convertir en algo memorable, ni George Martin –su productor- midió las consecuencias del largo trabajo en el estudio de grabación Abbey Road, y hasta John Lennon llegó a temer de la crítica y de la fidelidad de sus seguidores tras la experimentación sónica que abría la función del Sargento.




Fue obra de Paul McCartney el nombre del disco, ocurrencia que se suscitó en medio de un viaje en avión. Habían decidido utilizar un heterónimo que los desligara de su identidad ya conquistada, querían ser parte de una banda de bronces, como esas que aún suenan en ciertos pueblos, tener la completa libertad de crear. El disco se configuró como un solo espectáculo con un sonido semejante al directo, cosa que contradecía e ironizaba su bajada de los escenarios tras la gira de su anterior producción “Revolver”.






Canción a canción un circo armonías se iba montando y un desfile nunca visto de instrumentos acompañaban cada uno de los coros. Sgt. Pepper dirigía con su batuta el primer disco conceptual, no había separación entre una sinfonía y otra, todo funcionaba como una novela, un gran relato narrado por un cuarteto fundido en un solo acorde.




No está de más decir que este fue el instante álgido de la banda, no sólo anímicamente. George Harrison dio cátedra del uso de la guitarra eléctrica y de la cítara, basta con escuchar “Within you, without you” y aquel maravilloso solo en 5/4 acompañado de una excelente banda hindú. Lennon creó algunas de las letras más tarareadas de todos los tiempos, “Lucy in the Sky with Daimonds” es ejemplo de ello, una maravilla compositiva –junto con un órgano Lowry y una tambuora, o laud hindú- con versos extraídos de “Alicia en el País de las maravillas” de Lewis Carroll, y con imágenes que hubieran sido del gozo de nuestro poeta Vicente Huidobro. Paul McCartney, utilizando una técnica escritural ocupada por los poetas surrealistas, arranca frases del periódico “Daily Mirror” y cincela la balada más considerable de todos los tiempos, “She’s leaving home” es un lujo creativo para todo quien se haga llamar músico o que se considere una persona sensible. Ringo Star por su parte fue el acompañamiento fundamental y aglutinador de la banda, fue quien los mantuvo juntos, y quien nos brindó una serie de ritmos extraídos del be-bop jazz, del swing, del blues, de la percusión oriental y de la música de cámara.




Todo el Sgt. Pepper es este circo delirante cuya música de fondo son los cuatro enmascarados Beatles y cuyas estrellas parecen ser la disímil tarima de rostros que posan en la portada del LP. Peter Blake tardó tan sólo tres semanas en elaborarla, en seguir cada una las proposiciones de Lennon y McCartney de realizar un tributo a aquellos que consideraban sus héroes. Entre ellos varios literatos como Edgard Allan Poe –un conocido de Lennon en “I’m the walrus”-, el gran Dylan Thomas, el icono anárquico William Borrough –idolatrado por un sin número de bandas hasta Nirvana en los años ‘90-, el extravagante Oscar Wilde, Horson Wells, el poeta Stephen Crane y un Aldous Huxley que pareciera reflotar en las letras más críticas de Lennon. De a poco esta mítica portada se convirtió en la primera en llevar las letras de las canciones, invitando así al público a participar de la colorida fauna del Sgt. Pepper.




Y es que la vara había quedado alta. Un año antes hacía su aparición “Freak out” de Frank Zappa, un disco que alucinó al cuarteto. También meses antes Jim Morrison y The Doors lanzaban su primer álbum, el cual revolucionaría la manera de tocar teclado y de escribir letras…por primera vez en la cultura popular erigida por el rock, estas obtenían el grado de poemas. Pero el impulso más significativo fue “Pet Sounds” de los Beach Boys, el que se convirtió en uno de los discos favoritos de McCartney y en toda una odisea tecnológica. Para superar esto, la banda se encerró durante 700 horas, gastando más de 75 mil dólares en su producción, convirtiendo Abbey Road en el centro de la psicodélica, la experimentación y en la fábrica oficial de humo de marihuana de todo Londres.




El resultado fueron 178 semanas posicionado entre los discos más vendidos de aquel año. The Beatles dejaban –gracias a los concejos de Bob Dylan- de ser la banda de “chica yo te amo” para ser una apuesta artística de alto nivel. En pocas semanas se convirtieron en clásicos, y tras su salida cambió la forma de escuchar rock…y música en general. Un álbum con una canción como “A day in a life” no podía pasar desapercibido, donde la utilización de técnicas propias del cine –como el flash back- eran puestas en uso en una canción mitad rock mitad música sinfónica, mitad Lennon mitad McCartney.




Y es extraño pensarlo. El paso del “Revolver” a “A day in a life” en menos de un año es inquietante, y aún más controversial es darse cuenta que esta canción no ha podido ser técnicamente superada. A pesar de aquello, anclarían ese mismo año de 1967 el primer disco de Pink Floyd “The piper at the gates of dawn”, “Are you Experience?” el debut de Jimmy Hendrix y el “Fresh Cream” de Cream con un inmortal Eric Clapton en la guitarra…todos estos discos influenciados por el sonido y la rebelión pepperiana. Velvet Underground patearía la beatlemanía con su “Andy Warhol”, alabado tiempo después por Sex Pistols y Sonic Youth. Pero aunque quisiéramos desbaratar la trascendencia de los Beatles caeríamos en un imposible, porque ya toda una generación los tenía en la sangre, sus linfocitos bailaban a su ritmo, David Bowie con “Ziggy Stardust”, Elton John con su “Yellow Break Road” y hasta nuestros Jaivas con “Las alturas de Machu Pichu” habían bebido de su genialidad.




La leyenda dice que ese mismo año murió Violeta Parra, que un tiempo después la ciudad de Paris sería testigo de la más grande revolución estudiantil, que Vietnam continuaría siendo la masacre del colonialismo tardío, que Magritte dejaría su pincel y el Che Guevara su fusil. Y también sabemos que los clavicordios y violonchelos de Sgt. Pepper y sus innumerables pruebas de micrófonos, encendieron el “Verano de las flores” y que los riesgos tomados no fueron en vano. 1967 se convirtió en un viaje místico a las profundidades del inconciente, en una buena excusa para sacudir las caderas y dejarse un buen bigote. Y aunque jamás saldríamos con las coloridas vestimentas de los Beatles a la calle, John, George, Paul y Ringo lograron cumplir con el misterio de reunir hoy a cuatro generaciones en la eterna infancia del circo.

El saber y la risa


“El saber y la risa se confunden”.
Nicanor Parra.

“Mi forma de bromear es decir la verdad. Es la broma más divertida”.
Woody Allen




Es paradójico que uno de los libros más aburridos de la historia de la humanidad lleve por título “La risa”. Su autor es el conocido filósofo Henri Bergson -Premio Nóbel en 1921-, uno de los más grandes pensadores de la problemática del “tiempo” y escultor de una de las calvas más prominentes de nuestros siglo. De todas formas su libro no es del todo despreciable, como todo tratado nos otorga una que otra clave para abrirnos al tema estudiado y más aún acerca de esta sensación tan alejada de la seriedad. En él nos dice –en una línea digna de citar y que es muy prudente a la hora de comenzar un ensayo- que: “Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico”.




“Tonterías” dirán algunos, pero esto queridos lectores, es un golpe iracundo sobre los pupitres. Y es que todo lo que nos parece gracioso es constitutivo de nuestro ser y es proyección de nuestra propia humanidad: cuando vemos a un perro en una situación cómica nos reímos por lo cercana de su actitud a la nuestra y también cuando una fruta esboza una pronunciada protuberancia nos divertimos al compararla con alguna parte de nuestro cuerpo; cuando vamos al circo no vamos más que a ver a animales imitando gestos y conductas humanas. Ya se nos ha descrito como “animal que ríe” y sin duda nos caracterizamos por ese asomo de dentadura y esa reacción cercana a la asfixia.




Hoy sabemos –y este dato que no sólo es una buena excusa- que reírse al menos un minuto diario equivale a 45 minutos de ejercicio físico, y que su práctica es muy sana por las vibraciones que produce en nuestro cuerpo y por la liberación de toxinas y hormonas relacionadas al stress. Pero fuera de esta comprobación científica, tan atingente para la creación de una nueva medicina y complementar tantas artes tristes, ¿qué nos produce risa? ¿qué es eso propiamente humano que define lo cómico?




El humor, como las mujeres, siempre nos exigirá aceptar cosas que finalmente terminan siendo imperceptibles gracias a la costumbre. Cuando alguien nos cuenta un chiste nos predisponemos a un ambiente de sorpresa, pero ante todo de aceptar el relato sin mediación de la emoción. Simplemente nos reímos aunque sea la historia más cruel jamás contada; nunca sentiremos compasión por aquel niñito que se calló a un pozo ni pena por aquel mimo que simula ahorcarse. Es decir, la primera condición de la risa es aceptar su discurso contra viento y marea.




Reírse es por tanto sacudirse de los valores de la vida y jugar por un momento con algo que puede parecer tan serio como la muerte. El humor transgrede todas las barreras culturales al hincar su diente en lo más puro y respetable, en el tabú y lo extremadamente jerárquico. El humor, es por tanto, una sabiduría que nos contacta con lo más esencial de nosotros mismos, que nos pide una pizca de razón y de exageración, que nos llama a desnudar lo cotidiano. El humor nos pide que nos sinceremos, que volvamos a caer en la cuenta de que somos mortales, de que todo perece, de que todo por un momento puede ser un completo absurdo. Nos llama a no preocuparnos de las nimiedades sino a reconocer nuestro tiempo como criaturas que mueren, que aman, que se visten.




Todo es tópico de risa y de eso no hay que extrañarse, sino celebrar, pues toda gran construcción ideal o física es anulada por un par de palabras graciosas. Y es que la humanidad posee esa arma altamente eficaz –como diría Mark Twain- que le permite arremeter contra las convicciones de la política, las certidumbres de la religión, las categorías de la filosofía y los desmayos de la poesía. Ella es verdad en cuanto que es 100% humana y en tanto que es un discurso donde lo humano se devela y aparece debajo de las apariencias de la civilización y sus creencias.




Ante lo terrible el hombre ríe y quizás Nietzsche tenía razón al decir que el hombre se ha visto obligado a crear la risa para sobrevivir. Es por esto que no deja de ser necesario a todo tiempo un gran comediante que nos dejé en calzoncillos a mitad de la existencia, ya sea un Anónimo, un Aristófanes, un Plauto, un Shakespeare o un Woody Allen que nos muestre enfrentados al ridículo de ser quienes somos o quienes pretendemos ser. Alguien que nos baje del Olimpo, que nos tome de la corbata y que nos comunique cuerpo y alma en el ejercicio de la risa.